miércoles, 4 de junio de 2008

El incansable

—Ana.
No necesito darme vuelta: tengo esa puta voz grabada en la mente. Sigo caminando.
—¡Ana!
Apuro el paso.
—¡No te vayas!
¡Andate, pendejo de mierda!
Pero se adelanta y queda frente a mí.
Héctor es narigón, desaliñado, está lleno de granos; viste pésimo, huele peor... ¡Y encima le gusto!
—Escuchame un momento, Anita —dice, y casi se arrodilla.
—No tengo ningunas ganas de escucharte —digo.
Miro a nuestro alrededor. Nadie, ni siquiera pibes de otros cursos. El colegio había quedado lejos.
—Dale, Ana —trata de agarrarme la mano, pero retrocedo—. Por favor.
Cierro los ojos, bufo. Siento que voy a explotar. Trato de contenerme. No puedo. Me tiene los ovarios por el piso.
—¡Ningún por favor, nene! —le grito—. ¡Me tenés harta! Metételo en la cabeza: si es no, es NO.
Héctor baja esa mirada de pollito mojado.
—Ya lo sé —responde en voz baja—. Me lo dijiste muchas veces.
—¡Y entonces qué carajo hacés acá! Escuchame: van como seis meses que me venís rompiendo las bolas.
—Solamente dije lo que siento por vos.
—La primera vez te lo dije bien clarito: “Lo que vos sentís por mí, yo no lo siento por vos”. Creo que fui muy clara, Héctor. ¿O acaso no lo fui?
El boludo traga saliva.
—Parece que no, porque seguiste acosándome todo el tiempo —Imitando su voz, digo—: “Te amo, Ana”, “Sos el amor de mi vida”, “¿Querés ir al cine?”, “¿Vamos a McDonald’s?”... ¡Me cansaste, nene! ¡ME CAN-SAS-TE!
—Es que no podía evitarlo —dice, abriendo bien los ojos—. No me lo podía guardar. Sos demasiado hermosa. Tenés unos ojos de cielo, y tu pelo...
Me extiende una mano para tocarme un mechón, pero me doy media vuelta y sigo caminando.
Héctor camina junto a mí. Le digo que desaparezca.
—No sabés nada —me dice, y parece a punto de llorar—. Vos pensás así porque nunca amaste a nadie.
No quiero seguirle la corriente, pero lo hago.
—Claro que amé —digo.
—No creo.
—Estuve re enamorada de alguien.
—¿De quién?
—De Brian.
Se queda perplejo.
—¿Brian? —pregunta—. ¡Ah! El tarjetero que viene los viernes.
—No, ese es Kevin —digo—. Brian labura en “Pachá”. Era lindo y arrogante, como a mí me gustan. O sea, nada que ver con vos.
—Lo sé. Pero lo dejaste.
—Sí, lo dejé.
—Entonces eso no fue amor, Ana. El verdadero amor es para siempre.
No puedo creer las pelotudeces que estoy escuchando.
Héctor vuelve a ponerse delante de mí. Trató de pasar por un costado, pero saca un revolver del pantalón y me apunta a la cabeza.
Me quedo paralizada. Nunca me habían apuntado con un arma.
—¿Por qué no me amás, Ana? —abre mucho los ojos—. ¿Tan feo soy? ¿Tan estúpido te parezco? Te comento que no soy ningún idiota.
No puedo hablar. Estoy bloqueada. Tiemblo.
Escucho que una puerta se abre. Alguien dice:
—¡Qué está pasando, che!
Me doy vuelta. Un viejo asoma por una puerta de dos casas más atrás.
—Estoy harto de que se metan —dice Héctor, le apunta y dispara. El tiro da contra la pared. El viejo logra meterse en la casa y cerrar la puerta.
Tengo que controlarme, digo para mis adentros. Pero tiemblo y comienzo a llorar.
Héctor me agarra de los pelos y dice, apretando los dientes:
—No entiendo. ¿Qué le ves a esos tarjeteros de mierda? ¡NO SON NADA! —y le da una patada a la pared.
Le ruego que me suelte, pero vuelve a tironearme de los pelos y presiona el caño de la pistola contra mi sien. Está helado. Tiemblo aún más. Siento que me vejiga se afloja. Incontrolables chorros de orina me bajan por las piernas. Noto que otros vecinos se asoman por las ventanas.
—En la escuela todos tienen razón: aunque seas muy linda y tengas un culo deseable y tetas decentes y labios como los de Angelina Jolie, sos una pelotuda. Sos de esas minas que mejor se casan con un tipo de plata porque no saben hacer un carajo. Pero yo te amo igual. Nunca me vas a entender. Seguramente nunca vas a entender de amor. Ni de amor ni de nada. Pero te amo.
Me besa en la boca a la fuerza. Intenta meter la lengua a la fuerza. Noto que nunca besó a nadie en su vida. También me doy cuenta de dos hombres que se aproximan por detrás de Héctor, como si pretendieran detenerlo. Pero el maníaco deja de besarme, se da vuelta y les apunta.
—¿No se puede tener un poco de privacidad? —grita.
Pienso rápido y, tratando de que no me tiemble la voz, le digo:
—Yo también te amo.
Héctor parpadea.
—En serio —le toco la cintura—. Perdoname. Antes no me di cuenta. Pero ahora... Ahora soy tuya. Podemos tener una muy buena rela...
Aparta mi mano con el arma y dice:
—Estoy loco de amor, pero no soy tarado. ¿Te pensás que me creo cualquier mentira? Se nota que nunca quisiste conocerme. Pero ya fue. Te juro que partir de hoy, nunca más vas a querer a ningún hombre —y me apunta a la frente.
Cierro fuerte los ojos.
Nada.
—¡ABRÍ LOS OJOS, CARAJO!
Los abro con cautela.
Héctor se mete el caño del arma en la boca y dispara.

3 comentarios:

ene dijo...

es muy bueno el cuento.

y (aparte) evidencia un profundo conocieminto de la mentalidad femenina.
¿muchas hermanas, acaso?

ene dijo...

¿te parece interesante? me alegro, pero me sorprende!
es poco serio, poco pretencioso, poco blog.

(sí sí, me avergüenza un poquito)

pero me gusta que comenten. así que, bienvenido seas!

pd: no vi el corto fmichifus

Espacio Cinefilico dijo...

felicitaciones por el cuento, es muy divertido, me gusta mucho la forma en que esta narrado.

en cuanto a la forma de narrar y el uso de efectos en Indiana Jones, el talento de Spielberg es irreprochable. pero no me parece tan autentico como lo era hace algunos años. ayer volvi a ver Jurassic Park y note la diferencia. hay como algo menos pretencioso, algo mas palpable. no se como explicarlo muy bien. la ultima vez que vi a un spielberg autentico fue con Inteligencia Artificial, a pesar de los excesos con los efectos. Hay algo en Atrapame Si Puedes, pero ahi algo falla tambien. No se.

y en cuanto a futbol... bueno, el año pasado tuviste alegria por partida doble, descansa un poco este... jajaja

saludos