martes, 4 de septiembre de 2007

9:14:32

Se supone que los recreos deben ser un oasis en medio de clases aburridas, tareas interminables y profesores de los que mejor no hablar.
Para mí son un castigo.
En el otro extremo del patio, cerca del kiosco, Ceci y Mateo se miran sonrientes, las manos de ambos entrelazadas. Él dice algo, ella ríe. Las carcajadas se oyen por sobre el ruido de la muchedumbre y llegan hasta donde me encuentro.
Ceci es mi amor imposible. Una muñequita blanca, de pelo rubio, ojos verdes...
¿Qué habrá visto en Mateo?
Lo sé: carisma, plata, un parecido a Tom Cruise... Pero es un estúpido que se la pasa fastidiando a otros compañeros y también a los docentes. Como si esos chistes verdes que cuenta en medio de clase valieran algo. Se burla de todos. En especial de mí: me llama “Gnomo” o “Hobbit”. O, directamente, “Pelotudo”.
Y sí, admitamos que no me parezco a Mateo.
Soy inteligente y amable, más que nada con Ceci. Sin embargo, cada vez que me le acerco, le hablo y pago el pancho que acaba de comprar, ella me dice:
—¡Salí de acá, nenito!
¿”Nenito”? ¡Si los dos tenemos quince años!
En cambio, Mateo le dice dos palabras y la tiene a sus pies.
Es injusto. Nunca lo entenderé. ¡Ceci debería estar conmigo! Yo saco excelentes notas, me porto como corresponde, nunca le falto el respeto a nadie. Leo, leo mucho. ¡Mateo ni sabe quién es Poe, o Maupassant, o H. G. Wells! Yo sé cómo aprovechar el tiempo. Pero claro: a las chicas buenas —buenas entre comillas— les gustan los chicos malos. Deben verlos como sujetos que no le temen a nada, o algo así. Tal vez las mujeres son todas unas masoquistas.
Mateo y Ceci van al kiosco. Mientras él compra dos alfajores de chocolate, saluda sonriente a pibes de otros cursos, como si fuera el verdadero Tom Cruise. ¡Y encima esos zánganos, temerosos de su influencia, le devuelven el saludo! Ceci le pasa una mano por la cintura. Mateo se gira para mirarla e intercambian un beso de lengua.
Aprieto los dientes, cierro las manos. Mi corazón late acelerado, como si se preparase para explotar. Mi cuerpo hierve; casi siento humo manar de mis poros.
¡Basta! ¡Se terminó! Pasé demasiado tiempo conteniéndome.
Ese taradito no sabe quién soy.
Nadie lo sabe, en realidad.
Miro mi reloj: las nueve y trece minutos con cuarenta y dos segundos.
Suspiro, empiezo a concentrarme.
La parejita feliz sigue a los besos, ignorando lo que sucederá.
Cierro los ojos. Imagino un gigantesco reloj de estilo victoriano, en pleno funcionamiento.
9 horas, 13 minutos, 59 segundos.
Las agujas, de un diseño tan clásico y exquisito como el resto del aparato, provocan un estruendo al moverse.
9 horas, 14 minutos, 2 segundos.
Aumento mi concentración.
Está dando resultado: las agujas se mueven con más esfuerzo.
Abro los ojos.
A mi alrededor, la acción se desarrolla en cámara lenta. Como si fuera una película y alguien hubiera decidido ralentizar la imagen. Y los pibes hablan y ríen y corren como si nada. Me recuerda a uno de esos ridículos videoclips.
Mateo y Ceci se chuponean a la misma velocidad, lo que le da un aire más romántico, cosa que abomino.
Concentrate, concentrate...
9 horas, 14 minutos, 16 segundos...
Los movimientos de las agujas se hacen más débiles.
9 horas, 14 minutos, 18 segundos...
Primero se detiene la aguja pequeña, luego la grande, y, a lo último, la finita.
9 horas, 14 minutos, 32 segundos.
Ahora, los alumnos, estatuas de carne y piel.
Perfecto. Cada vez me sale mejor.
Me dirijo a la parejita feliz. En el camino empujo al bravucón de Raúl Ochoa, que cae sobre las baldosas provocando un ruido que resuena en un eco. Mis pasos generan el mismo efecto. Me encanta.
Me detengo junto a Mateo y a Ceci. Ambos habían quedado abrazados y a los besos.
—¿Quién te creés que sos, eh? —le digo al imbécil—. ¿Tom Cruise? ¿O algún otro malnacido con la sonrisa dibujada? ¡Vamos, respondeme! ¿Qué te pasa? ¿Te quedaste mudo?
Cierro fuerte un puño y le doy dos, tres, cinco golpes en la espalda. Se tambalea un poco. Mis nudillos quedan hechos un desastre. Pero no importa. En momentos como los de ahora doy gracias por haber nacido con cierta... capacidad especial.
—Ya vengo —le digo a Mateo—. No te vayas a ir, eh.
Enfilo a mi aula.
Junto a la puerta, los ahora rígidos Becerra, Schenone y Alejandro Martínez me impiden el paso. Empujo a los primeros dos para poder entrar. Voy a mi pupitre, abro mi mochila y saco el cuchillo de carnicero.
—Hoy vas a debutar.
Vuelvo con los patéticos tortolitos. Separo a Mateo de Ceci.
—Así que querés seguir apoderándote de la chica que amo, ¿no?
Lo apuñalo. Muchas veces lo apuñalo. En el estómago, en los brazos, en esa cara de galancito. Como supuse, la sangre no mana; recién comenzará a hacerlo cuando el tiempo vuelva al ritmo de siempre. Pero los tajos quedan muy simpáticos.
—Idiota —y culmino con un formidable corte en la garganta.
Noto que Ceci todavía conserva la posición del abrazo y los labios como si siguiera besando al cretino de su novio.
La odio. Comprendo que, aunque a Mateo le caiga un meteorito en la cabeza, seguirá detestándome.
La acuchillo en la cara y en los pechos, que son bastante abultados. Le subo la pollera del uniforme y la apuñalo varias veces ahí abajo, en esa zona.
—Te lo merecés.
De pronto mi mirada se topa con la de Ricky Ocampo, fiel lugarteniente de Mateo a la hora de molestar al prójimo. Ahora ríen frente a tres individuos que conozco de vista y también gustan de fastidiar.
No dudo en acuchillar a esos matones también, como tampoco al grupo de chicas cerca del mástil, ni a los dos afeminados de segundo año, ni a los de primero que juegan —mejor dicho, jugaban— al fútbol con una lata de Coca-Cola vacía...
Me canso. Respiro hondo. El brazo me duele de tanto moverlo.
Noto que ataqué a más de la mitad de la escuela. El frenesí me había llevado a más de lo que tenía en mente. Son cosas que pasan.
Voy al piso de arriba y me quedo en uno de los balcones que me dan una vista de todo el patio. Me focalizo en los tortolitos.
Antes de concentrarme en regresar el tiempo a la normalidad y presenciar un prometedor reguero de sangre cortesía de unos cincuenta educandos, me quedo viendo un pajarito suspendido en pleno vuelo. La lombriz que lleva en el pico permanece igual de inmóvil.
Debería usar mis poderes para cosas buenas, pienso. Mmm... Mejor no.
Me concentro de nuevo. Visualizo el fino reloj. Las agujas, en el mismo lugar que la última vez.
9 horas, 14 minutos, 32 segundos.
El entusiasmo por ver sangre entorpece la operación, pero me concentro más fuertemente.
Vamos, vamos, vamos...
Nada de nada.
Vamos, mierda...
¿Qué está pasando, eh? No sería nada lindo quedarme atrapado justo acá y ahora, con estos cadáveres petrificados.
Vamos, concentrate bien, vamooos...

3 comentarios:

Sebastian dijo...

Matias:

Muy hombre. Se que no soy nadie, ni tengo merito como para que esto que te digo te aliente, pero realmente tienes un muy buen estilo y mucha madera.
Este cuento en particular, es... muy original, la verdad nunca se me hubiese ocurrido. Sin embargo ¿Nunca te hubiese gustado tener ese oder, freanr las agujas y hacer lo que quieras? Recuerdo que habia un programa, que no me acerdo el nombre (Era "nosequien y su reloj") en que un nene tenia un reloj de bolsillo que paraba el tiempo. Siempre de chico, soñe con tener ese reloj.

Sigue asi.
Salu2
> Toto.

Sebastian dijo...

quise decir "Muy bueno hombre"

Charly dijo...

Muy Bien Realatado, me gusta... es odiosa a veces la realidad y hay que poner las cosas en orden... vaya uno a saber si alguien tiene este poder, no creo que lo diga, no?
Felicitaciones